Lucas

1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24

Kingcomments
Nederlands Deutsch English Français Português Română Español
  • Inicio
  • Información
  • Estudios biblicos
  • Antiguo Testamento
    • Génesis
    • Éxodo
    • Levítico
    • Números
    • Deuteronomio
    • Josué
    • Jueces
    • Rut
    • 1 Samuel
    • 2 Samuel
    • 1 Reyes
    • 2 Reyes
    • 1 Crónicas
    • 2 Crónicas
    • Esdras
    • Nehemías
    • Ester
    • Job
    • Salmos
    • Proverbios
    • Eclesiastés
    • Cantar de los Cantares
    • Isaías
    • Jeremías
    • Lamentaciones
    • Ezequiel
    • Daniel
    • Oseas
    • Joel
    • Amós
    • Abdías
    • Jonás
    • Miqueas
    • Nahum
    • Habacuc
    • Sofonías
    • Hageo
    • Zacarías
    • Malaquías
  • Nuevo Testamento
    • Mateo
    • Marcos
    • Lucas
    • Juan
    • Hechos de los Apóstoles
    • Romanos
    • 1 Corintios
    • 2 Corintios
    • Gálatas
    • Efesios
    • Filipenses
    • Colosenses
    • 1 Tesalonicenses
    • 2 Tesalonicenses
    • 1 Timoteo
    • 2 Timoteo
    • Tito
    • Filemón
    • Hebreos
    • Santiago
    • 1 Pedro
    • 2 Pedro
    • 1 Juan
    • 2 Juan
    • 3 Juan
    • Judas
    • Apocalipsis

Lucas 15

¡He aquí el hombre!

1 - 2 El Señor acoge a los pecadores 3 Introducción a la parábola 4 - 7 La oveja perdida 8 - 10 La moneda perdida 11 Dos hijos 12 - 16 El hijo menor deja a su padre 17 - 19 El hijo menor recapacita 20 - 24 Retorno y aceptación 25 - 30 El hijo mayor 31 - 32 Un llamamiento urgente

1 - 2 El Señor acoge a los pecadores

1 Todos los recaudadores de impuestos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle; 2 y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Este recibe a los pecadores y come con ellos.

Mientras los líderes religiosos lo han rechazado, para los recaudadores de impuestos y los pecadores el Señor es alguien que los atrae por sus palabras de gracia «sazonadas con sal» (Col 4:6). Son ellos quienes se ven obligados a entrar (Luc 14:23). La actitud de los fariseos y escribas es completamente ajena a la gracia. Se sienten muy por encima de este tipo de personas tan hundidas y los miran con desprecio. Consideran que tales personas no merecen que tratemos con ellos ni que les hagamos el bien. Eso es precisamente lo que hace el Señor, y ellos refunfuñan por ello.

Las personas que no tienen sentido de la gracia solo pueden criticar a quienes sí la experimentan o viven de acuerdo con ella en espíritu. Es la actitud del hijo resentido en la tercera parte de la parábola. La gracia del Señor va mucho más allá de lo que ellos refunfuñan. El Señor no solo los recibe, sino que los busca explícitamente, como muestra la siguiente parábola. Dios se complace en manifestar su gracia. ¡Qué respuesta a la terrible actitud de los fariseos que se oponen a ella!

El motivo de la parábola es la murmuración de los fariseos y los escribas porque el Señor Jesús recibe a los pecadores y come con ellos. Con ello, sin querer, le hacen un gran cumplido. Él ha venido exactamente para ellos.

3 Introducción a la parábola

3 Entonces Él les refirió esta parábola, diciendo:

Las tres parábolas siguientes son, en esencia, una sola parábola. Por eso se dice que les habló «esta parábola» y no ‘estas parábolas’. Es una parábola en tres partes. Cada una de las tres historias trata sobre el amor por lo que está perdido. Es un amor que busca (oveja y moneda) y recibe (hijo).

La oveja y la moneda son pasivas. La oveja es demasiado débil para hacer algo; la moneda no puede hacer nada en absoluto. Con la oveja y la moneda vemos lo que sucede para el pecador; con el hijo menor perdido vemos lo que sucede en el pecador perdido.

En cada una de las historias, una persona de la Divinidad se destaca en particular. En la oveja vemos al Señor Jesús como el buen Pastor que lleva toda la carga; en la moneda vemos al Espíritu Santo con su luz y el esfuerzo que realiza; en el hijo vemos al Padre que espera y recibe.

4 - 7 La oveja perdida

4 ¿Qué hombre de vosotros, si tiene cien ovejas y una de ellas se pierde, no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la que está perdida hasta que la halla? 5 Al encontrar[la, la] pone sobre sus hombros, gozoso; 6 y cuando llega a su casa, reúne a los amigos y a los vecinos, diciéndoles: «Alegraos conmigo, porque he hallado mi oveja que se había perdido». 7 Os digo que de la misma manera, habrá [más] gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento.

Los noventa y nueve representan a la clase de los fariseos y escribas. Se les deja en el campo, no en un campo vallado. Están, por así decirlo, abandonados a su suerte. El pastor está preocupado por esa oveja perdida, no por las noventa y nueve, porque ellas no se han perdido. Los fariseos y los escribas no se consideran perdidos. Por eso, el pastor no se ocupa de ellos, sino de la oveja que se ha perdido. Está dispuesto a todo para encontrarla y la busca hasta hallarla. Si no hubiera ido tras ella, se habría perdido aún más y finalmente habría muerto. El pastor va tras la oveja porque tiene un enorme valor para él. Este aspecto también se observa en la moneda y el hijo.

Se trata de la pérdida que experimenta el dueño y de su deseo de recuperarla. Es un Dios que, lleno de gracia y misericordia, busca a las personas que se han alejado de Él por el pecado para darles a conocer su complacencia y traerlas de nuevo a su corazón. Dios encuentra al hombre en el momento en que este se arrepiente.

Cuando el pastor encuentra a la oveja, la pone sobre sus hombros. Es bueno recordar que el poder y la fuerza del Señor Jesús en relación con la creación se expresan en las palabras «y el gobierno estará sobre su hombro [singular]» (Isa 9:6, Traducción de Darby), mientras que aquí dice que Él pone la oveja perdida y hallada sobre sus hombros [plural]. Un hombro es suficiente para gobernar el mundo. Para traer de vuelta una oveja perdida al rebaño, Él usa ambos hombros. También la pone sobre sus hombros, «gozoso». Es motivo de gozo para el Pastor tener de vuelta a su oveja.

¿Y adónde lleva el pastor a la oveja? No la devuelve el campo, al rebaño que ha dejado atrás, sino que la lleva a su casa, la trae ‘a casa’. La oveja perdida ha ‘vuelto a casa’. El pastor también quiere que los demás compartan su alegría por la oveja encontrada. Llama a sus amigos y vecinos para alegrarse con él por haber hallado «mi oveja». Un hombre que se alegra de encontrar algo que le pertenece puede entender, hasta cierto punto, cómo Dios encuentra su alegría en la salvación de los perdidos. En cualquier caso, Cristo apela a esta alegría humana para justificar la alegría de Dios.

El Señor nos asegura aquí que un pecador que se arrepiente marca la pauta de la alegría en las alturas. No hay nadie que refunfuñe, todos se regocijan en el amor. ¿Es ese nuestro caso? El cielo no se goza con todas esas personas que se consideran justas y, por tanto, piensan que no necesitan arrepentirse. La verdadera alegría es el resultado del amor buscador del Señor Jesús.

8 - 10 La moneda perdida

8 ¿O qué mujer, si tiene diez monedas de plata y pierde una moneda, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado hasta hallar[la?] 9 Cuando [la] encuentra, reúne a las amigas y vecinas, diciendo: «Alegraos conmigo porque he hallado la moneda que había perdido». 10 De la misma manera, os digo, hay gozo en la presencia de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.

En la segunda parte de la parábola, el Señor presenta a una mujer que pierde una moneda de plata. La moneda de plata, literalmente dracma, era una moneda griega y, por tanto, no era de curso legal en Israel. Por lo tanto, parece que las monedas de plata se utilizaban para la decoración personal de la cabeza, el cuello o el brazo. Este adorno es muy apreciado por la mujer y por eso desea conservarlo intacto, posiblemente más por su valor emocional que por su valor monetario. La moneda de plata tiene mucho valor para la mujer. Pertenecía a una joya con diez monedas, que perdió todo su brillo por la pérdida de esa única moneda de plata. De ahí que la pérdida de una de las diez monedas motive una búsqueda diligente por parte de la propietaria. Por eso, al encontrarla, llama a sus amigas y vecinas para alegrarse con ella.

La mujer representa más la obra personal del Espíritu Santo en el corazón de las personas que la obra de Cristo, que se ve en la historia anterior. De acuerdo con la posición de la mujer según los pensamientos de Dios, el Espíritu ha tomado una posición de sumisión, de actividad en el fondo o en lo oculto.

Una moneda perdida es una cosa sin vida. Ese es un ejemplo adecuado para expresar lo que es un pecador perdido según los pensamientos del Espíritu de Dios. Representa a un ser humano que es espiritualmente una cosa muerta, con tan poca fuerza para volver atrás como la moneda. Por lo tanto, la moneda de plata perdida nos da una imagen adecuada del pecador, que no tiene el menor poder para volver a Dios (Efe 2:1). El pecador está completamente sin esperanza. Sólo el Espíritu Santo puede hacer algo aquí. Él enciende una lámpara en el oscuro corazón del pecador. En la obra de la mujer vemos la obra del Espíritu.

La mujer no se resigna a haber perdido su moneda. Enciende una lámpara, barre la casa y busca cuidadosamente hasta encontrar la moneda. La lámpara representa el testimonio de la palabra de Dios. El Espíritu se caracteriza especialmente por la actividad y en su obra utiliza la Palabra. Por eso se dice aquí que la lámpara está encendida.

Pero eso no es todo. La mujer barre la casa y busca cuidadosamente hasta encontrar la moneda. Hay amor que se desvive, que quita obstáculos, trabaja con esmero y busca a fondo. Si ella no hubiera buscado tan minuciosa y persistentemente, la moneda nunca se habría encontrado. Así, el Espíritu de Dios se ocupa incansablemente de encontrar y dar vida a un pecador perdido y muerto. Al encontrar la moneda perdida, la colección de monedas vuelve a estar completa.

Además de la posibilidad, ya mencionada, de que se trate de un adorno, también puede ser una reliquia o un regalo de boda. En cualquier caso, el propósito es dejar claro que la moneda de plata perdida tiene un valor especial a los ojos de la mujer. También lo vemos en la alegría que el hallazgo provoca en la mujer. Ella quiere compartir esa alegría con sus amigas y vecinas.

Representa la goza del Espíritu Santo cuando un pecador se arrepiente. Es gozo en la presencia de los ángeles. ¿Qué hay en la presencia de los ángeles, qué ven? Ven el gozo de Dios por un pecador convertido.

11 Dos hijos

11 Y [Jesús] dijo: Cierto hombre tenía dos hijos;

Después de cien ovejas, de las cuales una se descarría, y diez monedas de plata, de las cuales una mujer pierde una, ahora vemos a dos hijos, de los cuales uno abandona a su padre. En esta historia vemos en el hijo menor las profundidades a las que ha llegado el pecador y la altura a la que es llevado cuando se arrepiente. El hijo mayor representa el espíritu de los fariseos y de los escribas. En estos dos hijos tenemos los dos casos extremos de estar perdido, que, por tanto, incluyen todos los demás casos. En el hijo menor vemos a los recaudadores de impuestos y a los pecadores; en el mayor, a los fariseos y a los escribas.

Aunque esta parábola es aplicable a todas las personas, el Señor habla principalmente de los israelitas. Ellos tienen una relación especial con Dios. Se les llama «hijos del SEÑOR vuestro Dios» (Deut 14:1). En la aplicación, esto concierne especialmente a todos los que ocupan una posición de privilegio, como los hijos de creyentes. En los dos hijos vemos los dos caminos que pueden seguir los hijos que han sido criados en una posición privilegiada.

12 - 16 El hijo menor deja a su padre

12 y el menor de ellos le dijo al padre: «Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde». Y él les repartió sus bienes. 13 No muchos días después, el hijo menor, juntándolo todo, partió a un país lejano, y allí malgastó su hacienda viviendo perdidamente. 14 Cuando lo había gastado todo, vino una gran hambre en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. 15 Entonces fue y se acercó a uno de los ciudadanos de aquel país, y él lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. 16 Y deseaba llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba [nada].

El hijo menor es la imagen del pecador que reclama su parte de la vida para vivirla como quiere. Al pedir su parte de la herencia a su padre mientras este aún vive, el hijo menor declara esencialmente muerto a su padre. El padre no intenta hacer cambiar de opinión a su hijo, sino que da a cada uno de sus dos hijos su parte.

Así, Dios ha dado a cada ser humano la responsabilidad de hacer con su vida lo que quiera. Entonces quedará claro cómo alguien quiere vivir su vida. No hay manera más clara de negar a Dios que dar preferencia a la propia voluntad sobre la de Dios. Esta voluntad propia deja claro que alguien quiere vivir apartado de Dios. Revela el deseo de seguir el propio camino a gran distancia de Dios. Esta es, sin duda, la raíz de todos los pecados. Seguramente le seguirá el pecado contra los hombres, pero el pecado contra Dios es la causa principal.

El hombre es puesto a prueba. Es responsable, pero en realidad no se le impide hacer su propia voluntad. Dios mantiene el control solo para llevar a cabo sus propios planes de la gracia. Sin embargo, parece como si Dios permitiera al hombre hacer lo que quisiera. Solo entonces quedará claro lo que significa pecado, lo que busca el corazón, lo que el hombre es con todas sus pretensiones.

El hijo es tan culpable cuando pide la menor parte de la herencia de su padre como cuando se sienta con los cerdos. Ya se ha despedido de su padre en su corazón antes de partir realmente. Entonces vemos en él que, en el momento en que el hombre deja a Dios, se vende a Satanás. No solo obtenemos una descripción de un modo de vida pecaminoso, sino que también vemos el amargo final. Entregarse al pecado causa miseria y necesidad. Se crea un vacío que nada ni nadie puede llenar. El despilfarro egoísta de todas sus riquezas solo le hace sentir aún más ese vacío.

Cuando, en extrema desesperación, acude a uno de los ciudadanos de ese país para pedirle ayuda, vemos la degeneración del pecador. No hay amor, sino egoísmo. El ciudadano no lo trata como a un conciudadano, sino como a un siervo. No hay esclavitud tan profunda y humillante como ser siervo de nuestras propias lujurias. Se le trata en consecuencia. ¿Cómo debe haber sonado en los oídos de un judío que este hijo menor fuera enviado al campo para alimentar a los cerdos? Se hunde en lo más bajo de la necesidad y la miseria. Sin embargo, nadie le da nada.

El hecho de encontrarse en una situación de necesidad no le hace desear volver a casa, sino que le impulsa a buscar recursos en la tierra de Satanás, en lo que esa tierra tiene para ofrecer. Cuántas almas sienten el hambre en que se han metido, el vacío de todo lo que las rodea, sin ningún deseo de Dios ni de santidad. Satanás, sin embargo, no da nada, pero toma todo. Solo Dios es el Dador. Lo ha demostrado con el mayor de los dones, el don de su propio Hijo.

17 - 19 El hijo menor recapacita

17 Entonces, volviendo en sí, dijo: «¡Cuántos de los trabajadores de mi padre tienen pan de sobra, pero yo aquí perezco de hambre! 18 Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; 19 ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; hazme como uno de tus trabajadores”».

En el fondo de su miseria, vuelve en sí. Es el principio del retorno. A su alrededor, todo ha desaparecido. Sólo se tiene a sí mismo. Ahora que ya no tiene distracciones, empieza a pensar en casa. Recuerda aquello a lo que ha dado la espalda. Dejó la casa de su padre como hijo y ahora está con los cerdos en la mayor miseria, mientras que a los jornaleros de su padre no les falta nada.

Donde actúa el Espíritu de Dios, siempre encontramos dos cosas: la conciencia se convence del pecado y el corazón se siente atraído por el amor de Dios. Esta es la revelación de Dios al corazón. Dios es luz y Dios es amor. Como luz, obra en el corazón la convicción de su condición perdida. Como amor, produce la atracción de su bondad. El resultado es la verdadera confesión.

El hijo pródigo toma una decisión: volverá con su padre. Hace algo más que decidir volver. Se da cuenta de que ha pecado, tanto contra el cielo y contra aquel que habita en él, como contra su padre. La vida de un pecador es contraria a la vida que llevan los ángeles en el cielo, quienes sólo hacen lo que Dios dice. En su fuero interno, el hijo está convencido de sus pecados y está dispuesto a confesarlos abiertamente. Con su voluntad de levantarse, ya ha reconocido ante Dios que ha pecado.

También se da cuenta de que ha perdido todo derecho a seguir siendo aceptado como hijo. Esta es la obra del Espíritu de Dios. Está verdaderamente quebrantado y contrito de espíritu. Quiere ocupar el lugar de un asalariado. Si pudiera tomarlo, estaría satisfecho con ello. El deseo era bueno, pero legalista debido a la falta de familiaridad con la gracia. Así viven muchos cristianos. Sólo se preocupan de sí mismos y tienen tan poca conciencia de lo que vive en el corazón del Padre. No se trata de lo que nosotros queremos, sino de lo que quiere el Padre. Esto es tan impresionante en esta parte de la parábola. No se trata de lo que quiere el hijo, sino de lo que hace el Padre.

El Padre procede según la plenitud de gracia que hay en su corazón para los hijos perdidos. El deseo de Dios no se satisface dando a los hijos perdidos el lugar de un jornalero en la puerta de su casa. Él quiere hijos en el área y la atmósfera de su casa. Muchos cristianos no tienen conciencia de que la filiación es el placer de la voluntad del Padre (Efe 1:5). No hay paz sólo por el retorno. La verdadera paz viene cuando llegamos a conocer los pensamientos del Padre acerca de nosotros.

20 - 24 Retorno y aceptación

20 Y levantándose, fue a su padre. Y cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y sintió compasión [por él,] y corrió, se echó sobre su cuello y lo besó. 21 Y el hijo le dijo: «Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo». 22 Pero el padre dijo a sus siervos: «Pronto; traed la mejor ropa y vestidlo, y poned un anillo en su mano y sandalias en los pies; 23 y traed el becerro engordado, matad[lo,] y comamos y regocijémonos; 24 porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado». Y comenzaron a regocijarse.

El hijo menor añade su obra a su palabra. Se levanta y se acerca a su padre. Muchos cristianos dicen que han pecado. También reconocen sinceramente que no son dignos de ser aceptados por Dios. Sin embargo, no se levantan, sino que permanecen en la miseria. Eso es una deshonra para el Padre. Entonces no hay confianza en que el Padre esté dispuesto a recibirlos. Todavía puede haber mucha duda, pero pensar en la bondad del Padre hará que alguien se levante para ir al Padre.

El padre no actúa con su hijo según lo que merecía, sino según su corazón de padre. El padre nunca lo ha dejado ir en su corazón. Su corazón ha ido con su hijo. Se quedó a la expectativa. La expresión «lejos» en el versículo 20 es la misma que «país lejano» en el versículo 13. El padre vio a su hijo allí y esperó hasta que regresó.

Cuando el padre ve a su hijo acercarse desde lejos, sintió compasión por él. Entonces corre para ir junto a su hijo. En la imagen vemos aquí que Dios se apresura en un sentido positivo, lo cual es la única vez en la Biblia. Sin ningún reproche, el padre lo abraza y lo besa, lo cubre de besos. El padre nunca hizo eso con uno de sus jornaleros. ¡Esta es una bienvenida digna de un hijo! Así es Dios para todo pecador que se arrepiente y viene a Él.

El hijo empieza a decir lo que pretendía, pero no va más allá de las primeras palabras. El padre lo interrumpe, no le deja terminar. Antes de que el hijo pueda decir «hazme como uno de tus trabajadores», el padre actúa con él según su corazón de padre. La posición del padre determina la del hijo. El amor que lo ha recibido como hijo también quiere que entre en la casa como hijo, como debe ser el hijo de un padre así. El padre tiene siervos. El hijo no es uno de ellos. El padre convierte a sus siervos en siervos de su hijo.

El hijo está allí con la ropa sucia y rota. No es ropa propia de un hijo ni de la casa del padre. El padre tiene una ropa colgada, adecuada para su casa. Los siervos están listos para vestir al hijo pródigo. El padre sólo tiene que ordenar a sus siervos que tomen la mejor ropa y vistan a su hijo con ella. Los siervos no tienen que preguntar dónde está colgada. Está lista para el hijo.

Cuando vinimos a Dios, también llegamos con nuestras ropas manchadas por el pecado, pero Dios nos ha proporcionado ropas nuevas. Para nosotros ya estaban preparadas antes de la fundación del mundo. Él nos ha vestido con Cristo. Él nos ha hecho agradables en el Amado (Efe 1:6). Vestidos con Cristo entramos en la casa como justicia de Dios en Él (2Cor 5:21). Esa es la mejor ropa, la ropa del cielo.

El hijo también recibe un anillo en la mano como signo de honor y dignidad especiales, como vemos con José (Gén 41:42). También recibe sandalias en los pies. Sus pies están calzados con el evangelio de la paz (Efe 6:15). Está en la casa del Padre con la paz en su corazón que le ha sido traída en el evangelio para permanecer allí para siempre como hijo (Jn 8:35). Las sandalias caracterizan nuestro caminar como hijos de Dios.

El hijo recibe mucho más de lo que tenía antes de partir. Así, los siervos de Dios del Nuevo Testamento dicen al pecador convertido lo que ha recibido en Cristo. Lo vemos con Pablo, que quiere presentar a todo hombre perfecto en Cristo (Col 1:28). No sólo predicaba el arrepentimiento, sino que también enseñaba la palabra de Dios a todos los que se arrepentían.

Finalmente, el padre ordena traer el ternero cebado para matarlo y luego y comamos y regocijémonos. No dice: ‘Que coma’, sino: «Comamos». Se prepara una comida para comer juntos, para compartir todas las bendiciones que ahora el hijo puede compartir con el padre. Eso ocurre con alegría.

El ternero cebado es una imagen del Señor Jesús, que fue inmolado por nuestros pecados. En este Evangelio lo vemos como ofrenda de paz. Él es el Cordero y, en torno a Él inmolado, todos los creyentes, todos los hijos del Padre, pueden alegrarse junto con el Padre de las bendiciones del Padre. El Cordero ha dado al Padre la oportunidad de mostrar al hombre todos sus beneficios, todos sus placeres en el hombre. El gozo consiste en tener una parte común en el sacrificio de Cristo. Eso da el vínculo de comunión con el Padre y el Hijo y entre nosotros.

El padre habla de su hijo como «este hijo mío». Tiene otro hijo, pero «este» hijo «estaba muerto y ha vuelto a la vida». Así se presenta en la historia de la moneda de plata perdida y encontrada. Muestra que algo ha sucedido en él. También estaba «este» hijo «perdido y ha sido hallado». Eso se presenta en la historia de la oveja perdida y encontrada. Eso demuestra que algo le ha pasado. Ambos aspectos están siempre presentes en una conversión.

El resultado es un regocijo sin fin. Lo que otorga la paz y define nuestra posición según la gracia no son los sentimientos que han surgido en nuestros corazones, aunque realmente existan, sino los sentimientos de Dios mismo. Tampoco se menciona ahora, como en los otros dos casos, que haya alegría en el cielo, sino que observamos cuál es el efecto en la tierra, tanto en esa persona como en los corazones de los demás.

25 - 30 El hijo mayor

25 Y su hijo mayor estaba en el campo, y cuando vino y se acercó a la casa, oyó música y danzas. 26 Y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era [todo] aquello. 27 Y él le dijo: «Tu hermano ha venido, y tu padre ha matado el becerro engordado porque lo ha recibido sano y salvo». 28 Entonces él se enojó y no quería entrar. Salió su padre y le rogaba [que entrara.] 29 Pero respondiendo él, le dijo al padre: «Mira, por tantos años te he servido y nunca he desobedecido ninguna orden tuya, y [sin embargo,] nunca me has dado un cabrito para regocijarme con mis amigos; 30 pero cuando vino este hijo tuyo, que ha consumido tus bienes con rameras, mataste para él el becerro engordado».

El padre también tiene otro hijo. Mientras su hermano llega a casa y es recibido calurosamente por su padre, ese hijo está ocupado en el campo. Cuando termina su trabajo, vuelve a casa. Al acercarse, oye música y baile. La casa es un lugar de alegría.

Cuando nos reunimos en asamblea, experimentamos lo que es estar en la «casa de Dios». Allí, la palabra de Dios es ministrada por siervos de Dios. Lo que oímos en la casa al escuchar la palabra de Dios suena como la melodiosa música de la gracia. La reacción a esto será la danza gozosa de los miembros de la casa. El Señor reprochó a sus contemporáneos no haber respondido a los tonos de la música de su gracia con expresiones de alegría en una danza (Luc 7:31-32). Él trajo la música celestial a la tierra en las melodiosas palabras de la gracia, pero no hubo respuesta. La casa de Dios es un lugar donde los siervos tocan la flauta y los presentes reaccionan con alegría. Cuántas veces, sin embargo, solo hay críticas.

Eso se parece a las observaciones del hijo mayor. El hijo mayor necesita saber qué está pasando. En lugar de entrar a ver a su padre, pregunta a uno de los criados que están fuera qué pueden significar la música y la danza. No entiende nada de las manifestaciones de esa gracia. Es un hombre hosco que no conoce la alegría en el Señor. Aborrece la alegría. Esa es la mentalidad de los fariseos y los escribas que ven cómo el Señor Jesús come con los pecadores. El siervo sabe exactamente cuál es el motivo de la alegría: su hermano ha vuelto sano y salvo. Su padre está tan contento que ha matado al ternero cebado. El criado llama la atención sobre el ternero cebado como centro de la fiesta.

El menor está dentro, el mayor está fuera. Allí se queda porque no quiere entrar. Está fuera y se queda fuera porque su corazón está lejos de la casa de su padre. El hijo es un tipo de hombre religioso que no concede la gracia a los demás. El hijo se enfada, mientras que el padre lo celebra. No había ni hay comunión entre el padre y este hijo. No respira el espíritu de amor mostrado al hijo pródigo que regresó. La gracia es algo extraño para él y por eso no comparte su alegría. Persigue sus propios intereses.

Sin duda, era diligente e inteligente «en el campo», en el mundo, lejos del escenario de la misericordia divina y de la alegría espiritual. Sin embargo, el padre, en su amor por él, sale para animarle a que también entre. El amor del padre también va hacia él. Pero el hijo mayor rechaza a su padre y su amor con duras acusaciones. Es tan brutal como para condenar a su padre, igual que el santurrón no duda en juzgar a Dios.

En los pensamientos del incrédulo, Dios es duro y exigente. Es completamente ciego a todos los favores de Dios; su corazón y su conciencia son totalmente insensibles, muy religioso y legalista. Todos estaban regocijados, excepto el hombre en su propia justicia, el judío, de quien el hijo mayor es una imagen. La gente que vive en su propia justicia, la gente legalista, no puede tolerar el hecho de que Dios sea bueno con los pecadores, porque si Dios es bueno con los pecadores, ¿qué sentido tiene entonces su propia justicia?

El hijo acusa a su padre de no haberle regalado nunca un cabrito para regocijarme con sus amigos, a pesar de haberle servido durante tanto tiempo e impecablemente. Con estas declaraciones, el hijo mayor demuestra que no siente ningún afecto por su padre. Solo ha actuado por deber, como un sirviente. Ha vivido según las reglas, lo que le lleva a juzgar de sí mismo que lo ha hecho intachablemente. Su santurronería es evidente.

El hecho de que no siente afecto por su padre también queda patente en su acusación de que le hubiera gustado celebrarlo con sus amigos alguna vez, pero que su padre nunca le proporcionó un cabrito para ello. Quería celebrarlo con sus amigos, pero sin su padre. No tiene en cuenta que un cabrito solo puede disfrutarse en la casa paterna y junto al padre.

Es evidente el rechazo que siente hacia la gracia y hacia la forma en que esta actúa. No llama hermano al hijo pródigo, como hizo el criado al que se había dirigido, sino que habla con desprecio de «este hijo tuyo». También hace creer que su hermano se gastó toda la fortuna de su padre, cuando en realidad se trataba de la parte que el padre le había dado. Además, sabe perfectamente cómo se gastó esa fortuna: en prostitutas. La conducta del padre en gracia hacia su hermano menor saca el peor lado del hermano mayor en todos los aspectos.

31 - 32 Un llamamiento urgente

31 Y él le dijo: «Hijo [mío,] tú siempre has estado conmigo, y todo lo mío es tuyo. 32 Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este, tu hermano, estaba muerto y ha vuelto a la vida; [estaba] perdido y ha sido hallado».

El padre no se defiende de los reproches de su hijo mayor. Tampoco defiende a su hijo menor frente a las acusaciones de su hijo mayor. Tiene paciencia con su hijo mayor y actúa con gracia. El Señor Jesús se dirige a los fariseos y a los escribas; también quiere tenerlos dentro, en la casa del Padre. Por eso explica cómo reacciona el padre.

El padre muestra a su hijo lo que posee. Lo que dice el padre se aplica también a todo el pueblo de Israel en su relación con Dios. El padre lo llama «hijo» para subrayar la íntima relación. Además, le señala el lugar de bendición que tiene cerca, un lugar que siempre le ha correspondido. Por último, le recuerda que todo lo que posee también le pertenece. Este es el lugar que ocupaba el judío bajo la ley.

Es también la misma posición adoptada por todo inconverso que profesa el cristianismo, que trata de vivir una vida religiosa y camina según la carne. Así es exactamente como piensan y hablan las personas naturales de nuestro continente. Los judíos indudablemente tenían el lugar más importante, el único lugar que Dios reclamaba en la tierra. Todas las demás tierras Dios las había dado a los hijos de los hombres, pero había reservado su tierra para Israel. Los había traído a Sí mediante una redención externa y los había puesto bajo la ley.

Lo mismo ocurre, en principio, con todo ser humano que está lleno de su propia justicia. Intenta a su manera hacer el bien y servir a Dios, mientras es insensible a la verdad de que necesita misericordia y gracia redentora.

El padre le dice a su hijo mayor que hay motivos para la alegría y la celebración: el regreso de su hermano. Desea que su hijo mayor participe de ella. Pero solo comparte ese gozo quien haya sido objeto del amor buscador y receptor de Dios. Una persona así ve que Dios mismo se regocija en la alegría de la gracia y la comparte con los demás. «Nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1Jn 1:3). El padre, como el siervo antes que él, habla de su hijo como el «hermano menor» de su hijo. Lo subraya diciendo: «este, tu hermano».

El hijo mayor no tiene ni ojos ni corazón para el hecho de que se trata de alguien que está en la misma relación con su padre que él. Dios no tolera que se nieguen las verdaderas relaciones entre ellos. Por lo tanto, el juicio final sobre los judíos viene no sólo por su grosera ingratitud hacia Dios, sino también por su aversión a la gracia que Él ha mostrado a los pobres gentiles en su miseria y pecado. Esto lo expresa poderosamente el apóstol Pablo (1Tes 2:16). No podían soportar que otros, esos perros de las naciones, oyeran el evangelio de la gracia. Estaban tan orgullosos de la ley que, por su orgullo, despreciaron la gracia para sí mismos.

Leer más en Lucas 16

© Copyright

© La Biblia de las Americas Copyright © 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation, La Habra, Calif. All rights reserved For Permission to Quote Information visit www.lockman.org

© 2026 Autor G. de Koning
© 2026 Diseño del sitio web E. Rademaker


Privacy policy

Google Play