Lucas

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Lucas 4

¡He aquí el hombre!

1 - 2 Tentado por el diablo 3 - 4 Primera tentación 5 - 8 Segunda tentación 9 - 12 Tercera tentación 13 - 15 Continuar en el poder del Espíritu 16 - 21 La Escritura de Isaías cumplida 22 - 24 Palabras de gracia no aceptadas 25 - 30 Gracia para los gentiles 31 - 37 Curación de un endemoniado 38 - 39 Curación de la suegra de Pedro 40 - 41 Otras curaciones 42 - 44 Predicación en otras ciudades

1 - 2 Tentado por el diablo

1 Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y fue llevado por el Espíritu en el desierto 2 por cuarenta días, siendo tentado por el diablo. Y no comió nada durante esos días, pasados los cuales tuvo hambre.

El Señor es bautizado. El Espíritu Santo, por quien fue concebido y que está siempre plenamente presente en Él, ha descendido sobre Él como señal de que puede comenzar su servicio. Antes de iniciar su servicio, es conducido por el Espíritu, con quien el Padre, Dios, lo ha sellado (Jn 6:27), al desierto. Él es el verdadero Hijo, conducido por el Espíritu de la filiación. No solo es llevado al desierto, sino que también, cuando está allí, es guiado de un lado a otro en el desierto. La iniciativa de las tentaciones proviene del Espíritu, que lleva al Señor al lugar donde deben suceder.

El Espíritu hace esto para mostrarnos lo que es el Hombre según los pensamientos de Dios y para que nos sirva de ejemplo. El Señor no es tentado como el Hijo eterno, sino como el Hijo de Dios que es Hombre. Por eso puede ser un ejemplo para nosotros. El objetivo es sufrir las tentaciones bajo las cuales Adán fracasó. Adán fue tentado y fracasó, estando en las circunstancias más ideales. El Señor soporta las tentaciones en las circunstancias en las que nos encontramos, no en las que estaba Adán. Al soportar las tentaciones, Él ha atado al hombre fuerte, el diablo, y puede comenzar su obra de liberar a la gente del poder del diablo (Mar 3:27).

Lucas no presenta las tentaciones en orden histórico (como hace Mateo), sino en orden moral, es decir, según el contenido de las tentaciones. Este orden corresponde al de los elementos del mundo, tal como los presenta Juan en su primera carta: «La pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida» (1Jn 2:16). El Señor es tentado primero en relación con las necesidades del cuerpo, luego en relación con la gloria del mundo, y finalmente el diablo le presenta una tentación espiritual proponiéndole reclamar su derecho como Mesías. La primera tentación se dirige a la concupiscencia de la carne, la segunda a la concupiscencia de los ojos, la tercera a la soberbia de la vida. Las tentaciones del diablo abarcan todo el Hombre: su cuerpo, su alma y su espíritu (cf. 1Tes 5:23, donde el orden es inverso).

Todas estas tentaciones tienen como efecto en el Señor que su perfección brille aún más. Él puede decir que el diablo no encuentra en Él ningún punto de conexión para el pecado (Jn 14:30). Nosotros no podemos decir eso, pero sí podemos permanecer firmes como Él cuando las tentaciones se presentan en nuestro camino. La victoria no se consigue pensando que estamos por encima, sino siguiendo el ejemplo del Señor en el uso de la palabra de Dios.

La palabra de Dios debe ser siempre la norma para la dirección de nuestra vida en todas nuestras circunstancias. Eso significa que solo actuamos si es la voluntad de Dios y actuamos confiando en Él. Esa es la verdadera obediencia y dependencia. Así actúa el Señor. ¿Qué puede hacer el diablo con un Hombre que nunca se sale de la voluntad de Dios y para quien la voluntad de Dios es el único motivo para actuar?

El Señor Jesús fue tentado por el diablo durante cuarenta días. Las tres tentaciones que se nos registran son las últimas y más severas. Aquí el diablo hace todo lo que está en su poder para llevar al Señor a una acción independiente de un mandato de su Dios. ¿Cuán débil se ha vuelto cuando no ha comido nada durante cuarenta días? Este es el momento más oportuno para que el diablo venga con sus últimas tentaciones. Moisés tampoco comió ni bebió durante cuarenta días, pero estuvo a solas con Dios todo ese tiempo, sin que el diablo tuviera acceso a él (Éxo 24:18; Deut 9:9,18). El Señor, por supuesto, estuvo con Dios todo este tiempo, pero estuvo expuesto a todas las tentaciones del diablo.

3 - 4 Primera tentación

3 Entonces el diablo le dijo: Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan. 4 Jesús le respondió: Escrito está: «NO SOLO DE PAN VIVIRÁ EL HOMBRE».

El diablo introduce la primera de sus tres últimas tentaciones con las palabras: «Si eres Hijo de Dios». Él desafía al Señor a que lo demuestre, convirtiendo esa piedra en pan. El diablo reconoce el poder de la palabra del Señor, que solo tiene que decirle a la piedra, y esta piedra se convertirá en pan. ¿Y no tenía un hambre enorme? Entonces, ¿no sería mejor usar su poder para satisfacerla? Más tarde, Él varias veces saciaría a una gran multitud con solo unos pocos panes.

No se trata de si Él puede o no hacerlo, sino de si el Padre lo quiere. Esta primera tentación está relacionada con la necesidad física de alimento, que también es la necesidad de Cristo. Él es verdadero Hombre y necesita pan para su cuerpo. Tener hambre no es pecado, y comer para saciar el hambre tampoco lo es.

Como se ha dicho, Él tiene el poder de hacer pan de esta piedra. Tampoco el uso de su poder es pecado. Pero si Él usara ese poder para su propio beneficio y comiera ahora, ante la insistencia del diablo, pecaría. Entonces comería sin una orden de su Padre. Si hubiera comido, se habría guiado por su necesidad física en lugar de por su Padre. Habría hecho valer su propia voluntad en lugar de depender de la voluntad de Dios.

Con qué perfección responde al diablo con una cita de la palabra de Dios (Deut 8:3). El Señor no le dice al diablo: ‘Yo soy Dios, y tú eres el diablo, vete’. Esto no habría sido para gloria de Dios, ni nos habría ayudado. Él ocupa el lugar que también nosotros ocupamos. Como Él, solo podemos resistir las tentaciones del diablo y ahuyentarlo citando la palabra de Dios.

Su respuesta a esta primera tentación muestra que adopta el lugar ante Dios que corresponde al hombre, es decir, el lugar de la completa dependencia de Dios. La vida del hombre depende de comer pan. La vida espiritual del hombre depende de aceptar y obedecer la palabra de Dios. Cada mañana escucha lo que Dios tiene que decir (Isa 50:4). Eso determina lo que hace, lo que dice y adónde va; en ello encuentra su fuerza.

Muchos creyentes viven de piedras en vez de pan. También dan un mal ejemplo a sus hijos. Si la Palabra no es nuestro alimento diario, no debemos esperar que nuestros hijos nos la pidan.

El Señor Jesús cita siempre algo del libro del Deuteronomio. En ese libro, el pueblo ha terminado su viaje y tiene ante sí la tierra prometida después del desierto. En ese libro, Dios le dice al pueblo cómo cuidó de ellos en el desierto, lo que quería enseñarles allí y las maravillosas bendiciones que les esperan después del desierto. Dios quiere moldear sus corazones a través de todo lo que dice en este libro para que todos se centren solo en Él.

Él anhela un pueblo de hijos con quienes pueda hablar sobre lo que ocupa su corazón. Y un hijo es para el beneplácito de Dios. Esto lo vemos perfectamente en el Hijo, pero Dios también quiere verlo en todos sus hijos. Esto requiere que nuestra vida sea formada por la palabra de Dios y que vivamos por ella, y que no dejemos que nuestra vida esté determinada por lo que nuestro cuerpo necesita, como si eso fuera todo lo que importa.

5 - 8 Segunda tentación

5 Llevándole a una altura, [el diablo] le mostró en un instante todos los reinos del mundo. 6 Y el diablo le dijo: Todo este dominio y su gloria te daré; pues a mí me ha sido entregado, y a quien quiero se lo doy. 7 Por tanto, si te postras delante de mí, todo será tuyo. 8 Respondiendo Jesús, le dijo: Escrito está: «AL SEÑOR TU DIOS ADORARÁS, Y A ÉL SOLO SERVIRÁS».

Para su segunda tentación, el diablo lo lleva «arriba». Desde ese lugar elevado le muestra todos los reinos del mundo, como si no fuera omnipresente. Pero aquí Él es Hombre y se somete a esta tentación. También vemos el poder del diablo, que es capaz de mostrar en un instante todos los poderes reinantes y la gloria que los acompaña. Sin embargo, solo puede ejercer este poder si Cristo le da la oportunidad de hacerlo.

La gran tentación es que el diablo le ofrece todo el poder sobre todos los reinos y toda la gloria que conlleva, para que los tome sin tener que sufrir. ¡Qué atractiva debió de ser esa oferta para Alguien que está extremadamente debilitado! El diablo no miente cuando dice que esos reinos le han sido entregados. Así ha sido desde que el hombre le dio el control de su vida en la Caída. Cuando afirma que los entrega a quien quiere, es un engaño. En un sentido limitado es así (cf. Apoc 13:4), pero en términos absolutos es falso, porque Dios es el soberano supremo (Dan 4:25; Rom 13:1). Él nombra a los reyes y los depone. Sin embargo, el Señor no discute ni lo uno ni lo otro.

El diablo quiere darle esos reinos, pero pide algo a cambio. El diablo nunca da nada sin pedir un precio, y ese precio es siempre el honor para sí mismo. El truco diabólico de su propuesta es que, si el Señor Jesús hubiera hecho esto y hubiera tomado esos reinos para sí mismo de esa manera, habría estado bajo el poder del diablo al mismo tiempo, y el diablo realmente habría tenido todo el dominio. Lo que el diablo da, no lo ha perdido; quien acepta algo de él, le vende su alma.

Para responder a esta segunda tentación, el Señor Jesús vuelve a citar la palabra de Dios, nuevamente del libro de Deuteronomio. El diablo le ha sugerido que lo adore, pero la palabra de Dios afirma que todo culto y servicio deben ser solo para Dios (Deut 6:13; 10:20). Con esta respuesta, el Señor muestra que lo único que le importa es la completa entrega a Dios. También muestra que, a la luz de esto, el poder mundano y la majestad en sí mismos no significan nada para Él.

La adoración de Dios es la vocación más elevada del hombre. Dios Padre desea adoradores y los busca (Jn 4:23-24). El libro de Deuteronomio también trata específicamente de un lugar de culto donde Dios quiere encontrarse con su pueblo como hijos, para que le adoren. Los hijos dicen «Abba, Padre» (Rom 8:15; Gál 4:5-6). Conocer y disfrutar de esa relación hace que toda la gloria del mundo se desvanezca.

9 - 12 Tercera tentación

9 Entonces [el diablo] le llevó a Jerusalén y le puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, lánzate abajo desde aquí, 10 pues escrito está: «A SUS ÁNGELES TE ENCOMENDARÁ PARA QUE TE GUARDEN», 11 y: «EN LAS MANOS TE LLEVARÁN, NO SEA QUE TU PIE TROPIECE EN PIEDRA». 12 Respondiendo Jesús, le dijo: Se ha dicho: «NO TENTARAS AL SEÑOR TU DIOS».

En su tercer intento de derribar al Señor Jesús, el diablo lo lleva al templo de Jerusalén y lo coloca en el pináculo del templo. El diablo le propone lanzarse abajo desde allí, precediendo esta propuesta con las desafiantes palabras: «Si eres Hijo de Dios». Le dice: ‘Si realmente lo eres, demuéstralo’.

Para reforzar su tentación, el diablo cita ahora la propia palabra de Dios. Afirma que, si el Señor es realmente el Hijo de Dios, puede lanzarse abajo porque cuenta con el apoyo protector de los ángeles de Dios (Sal 91:11). ¿No es Él el objeto de la adoración de los ángeles? Si hiciera esto, también ganaría la fama entre la gente en la plaza del templo. Sin duda, lo aceptarían como el Mesías.

Esta tentación es, en realidad, una incitación a la autoexaltación con los dones que Dios ha dado. Pero el Señor Jesús no busca gloria para sí mismo. Él también conoce la Palabra. Sabe que el mismo salmo habla de morar al abrigo del Altísimo (Sal 91:1). Ese es el lugar que Él ocupa, y por eso no piensa en tentar a Dios. No necesita poner a prueba a Dios para comprobar si lo que ha dicho es verdad.

Además, el diablo siempre es selectivo en sus citas de la Biblia. Conoce bien la Biblia y la cita (Sal 91:11), pero podemos estar seguros de que siempre distorsiona los versículos o solo los cita parcialmente. Aquí omite deliberadamente las palabras «para que te guarden en todos tus caminos». El diablo no menciona «en todos tus caminos», que son los caminos del Señor, Yahvé, pues el Señor Jesús sigue su camino en obediencia a Él.

La naturaleza de la tercera tentación es hacerle dudar de la fidelidad de Dios. Es una prueba para saber si Dios cumplirá lo que dijo en su Palabra. En la respuesta que da, que nuevamente procede de la Escritura y del libro del Deuteronomio, se manifiesta su total confianza en Dios (Deut 6:16). Israel puso a prueba a Dios en Refidim (Éxo 17:1,7). Querían saber si Dios estaba con ellos o no, aunque las pruebas habían sido abundantes. El Señor resiste la tentación con el versículo de la Escritura que advierte contra tentar al Señor, su Dios. Ofendemos a Dios si no confiamos en su Palabra, por mucho que las circunstancias parezcan indicar que no se puede confiar en Él.

13 - 15 Continuar en el poder del Espíritu

13 Cuando el diablo hubo acabado toda tentación, se alejó de Él esperando un tiempo [oportuno.] 14 Jesús regresó a Galilea en el poder del Espíritu, y las nuevas acerca de Él se divulgaron por toda [aquella] comarca. 15 Y enseñaba en sus sinagogas, siendo alabado por todos.

Con estas tres tentaciones, el diablo ha acabado toda tentación. No se le ocurre nada más con lo que pueda tentar. Si el maestro de la tentación se retira ante el Señor, significa que ha sido derrotado. No lo admitirá nunca, pero ha sufrido una poderosa derrota. Sabe que en este Hombre ha encontrado a su Superior. Sin embargo, regresa, pues solo lo deja hasta el momento oportuno. El diablo sabe que es el perdedor, pero nunca se rinde.

Mientras el diablo se aleja, el Señor continúa en el poder del Espíritu. El mismo Espíritu que lo guio al desierto y a través de las tentaciones del diablo ahora lo guía para comenzar su servicio público. No ha perdido nada del poder del Espíritu durante las tentaciones. Aparece gloriosamente como el Vencedor para iniciar su obra de gracia entre los hombres. Una vida así, tan perfecta para la gloria de Dios, no puede pasar desapercibida. Toda la comarca circundante habla de Él.

Dondequiera que va, enseña en las sinagogas, los lugares donde los judíos se reúnen para escuchar la explicación de la ley. Siempre que el Señor enseña o predica, es para presentar a Dios. La sinagoga es el lugar ideal para ello y, por tanto, el primer ámbito de su servicio. Él quiere enseñar para formar a las personas a su imagen, para que se parezcan a Él y sirvan a Dios siguiendo su ejemplo.

En lo que enseña y hace, se manifiesta la gracia de Dios. Esta gracia se muestra de dos maneras. Leemos sobre las riquezas de la gracia de Dios (Efe 1:7) en relación con el perdón que Dios concede al pecador. También leemos sobre la gloria de la gracia de Dios (Efe 1:6), que va un paso más allá de las riquezas de la gracia. La gloria de la gracia de Dios se manifiesta cuando Dios hace del pecador un hijo y lo eleva a su corazón. Esta enseñanza de gracia que sale de su boca (versículo 22) le merece la alabanza de todos los que le escuchan.

16 - 21 La Escritura de Isaías cumplida

16 Llegó a Nazaret, donde se había criado, y según su costumbre, entró en la sinagoga el día de reposo, y se levantó a leer. 17 Le dieron el libro del profeta Isaías, y abriendo el libro, halló el lugar donde estaba escrito: 18 EL ESPÍRITU DEL SEÑOR ESTÁ SOBRE MÍ, PORQUE ME HA UNGIDO PARA ANUNCIAR EL EVANGELIO A LOS POBRES. ME HA ENVIADO PARA PROCLAMAR LIBERTAD A LOS CAUTIVOS, Y LA RECUPERACIÓN DE LA VISTA A LOS CIEGOS; PARA PONER EN LIBERTAD A LOS OPRIMIDOS; 19 PARA PROCLAMAR EL AÑO FAVORABLE DEL SEÑOR. 20 Cerrando el libro, [lo] devolvió al asistente y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en Él. 21 Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura que habéis oído.

El Señor vuelve a Nazaret, donde se había criado. Esto incluía asistir a la sinagoga en sábado, algo a lo que estaba acostumbrado. Todavía actúa conforme a esta buena costumbre: va a la sinagoga y se levanta para leer. Quiere enseñar a los presentes, como siempre, la palabra de Dios.

No se menciona si Él lo pidió, pero se le entrega el libro del profeta Isaías. En cualquier caso, Él lo ha guiado así, pues quería ese libro porque hay algo en él sobre lo que desea enseñar a los presentes. Todo se describe en términos humanos, que Él «halló el lugar donde estaba escrito», como si hubiera tenido que buscarlo. Él es Dios, quien se escribió a sí mismo este pasaje – como todo el libro de Isaías y toda la palabra de Dios—, pero Lucas lo presenta como Hombre. Eso también llama la atención aquí.

Él va hasta el capítulo 61 del libro, porque ese capítulo describe el hermoso servicio que está a punto de realizar en gracia. De ese capítulo lee los dos primeros versículos (Isa 61:1-2). En las primeras palabras que lee, vemos de nuevo la Trinidad de Dios: se menciona al Espíritu, al Señor – es decir, Yahvé, Dios – y a «mí», es decir, Él mismo, Cristo.

Dios ungió a Cristo con su Espíritu Santo. Vimos esto en su bautismo en el Jordán (Luc 3:22). La unción tiene que ver con la preparación para un servicio determinado. En el Antiguo Testamento, reyes, sacerdotes y a veces profetas eran ungidos para el servicio que iban a realizar. El Señor Jesús es las tres cosas. Él es el verdadero Profeta. Su unción significa su equipamiento especial para su servicio como Rey, Sacerdote y Profeta.

Luego lee que fue ungido por Dios con el Espíritu para «anunciar el evangelio a los pobres». Esa es su primera tarea. Los pobres son aquellos que son conscientes de su miseria e invocan la ayuda de Dios. Lucas habla de «pobres», mientras que Isaías habla de «afligidos». El afligido es alguien que se ha visto abrumado por el sufrimiento y, por eso, se ha hecho pequeño. Está roto y destrozado por el sufrimiento, y también en su interior por la conciencia de sus pecados. Esto crea el sentimiento de pobreza donde sólo Dios puede ofrecer ayuda. Lo hace enviando a Cristo con «el evangelio» para esos pobres. Evangelio significa ‘buena noticia’. En Isaías está escrito «buenas nuevas» (Isa 61:1). Un buen mensaje es también un mensaje alegre.

Los «cautivos» a quienes el Señor viene a predicar la liberación son los que están atados por las cadenas del pecado y del diablo. Muchos están atados por la religiosidad de los fariseos, escribas y saduceos. Por lo tanto, ellos también son «ciegos» y no pueden ver los verdaderos propósitos de Dios, quien siempre tiene en mente la bendición para su pueblo. También son los «oprimidos», agobiados por las pesadas cargas de los pecados y por el yugo que les imponen los líderes religiosos. El Señor viene a liberar a aquellos que sienten esta carga y este yugo y, por ello, tienen el corazón herido.

Es enviado «para proclamar el año favorable del Señor [Yahvé]». El «año» no representa una fecha concreta, sino un período. Este período dura tanto como Él predique el evangelio a Israel, aproximadamente tres años y medio. En última instancia, esto significa el año en que todo lo prometido por Dios a Israel y perdido por su infidelidad le será devuelto. Ese será el verdadero año de jubileo, con exuberante alegría por este gozo, un ‘año’ que durará mil años. Con este pensamiento, el Señor detiene la lectura de la cita de Isaías.

Lo que sigue en la profecía de Isaías trata de la liberación de Israel por el juicio que, en venganza, se ejercerá sobre los enemigos del pueblo. En primer lugar, Él no ha venido a ejercer venganza. En segundo lugar, no anuncia ninguna promesa de liberación futura, pues Él mismo es, mediante su presencia, el cumplimiento de las promesas.

El Señor Jesús lee la palabra de Dios de pie. El respeto a la Palabra le hace permanecer de pie. Cuando termina de leer, devuelve el libro al asistente y vuelve a sentarse. La forma de leer en voz alta y la parte leída han causado una profunda impresión. Nadie duerme ni mira aburrido al techo. Los ojos de todos están fijos en Él. Esta es también una actitud admirable para la iglesia cuando se reúne en torno a Él.

Entonces Él comienza a hablar. Explicará las palabras leídas. Lucas sólo nos transmite lo esencial. La esencia es que lo que Él acaba de leer y lo que ellos han oído se ha cumplido en sus oídos. Todavía debe ser aceptado por sus corazones. A la vista de la parte leída y de su explicación, la conclusión es sencilla: Él se aplica a sí mismo la parte que acaba de leer. Se presenta como aquel sobre quien está el Espíritu y quien realiza lo profetizado. De este modo, en Él se revela la plenitud de la gracia de Dios al hombre.

22 - 24 Palabras de gracia no aceptadas

22 Y todos hablaban bien de Él y se maravillaban de las palabras llenas de gracia que salían de su boca, y decían: ¿No es este el hijo de José? 23 Entonces Él les dijo: Sin duda me citaréis este refrán: «Médico, cúrate a ti mismo»; [esto es,] todo lo que oímos que se ha hecho en Capernaúm, hazlo también aquí en tu tierra. 24 Y dijo: En verdad os digo, que ningún profeta es bien recibido en su propia tierra.

Todos hablan bien de Él, todos hablan de Él, Él es el tema de su conversación. Lo que han oído es completamente distinto de lo que oyen siempre. Están familiarizados con la voz de la ley, pero ahora escuchan algo que nunca antes se había dicho de tal manera. Oyen a Alguien que pronuncia palabras de gracia. Lo reconocen, perciben algo de las riquezas de la gracia. Sin embargo, en Él no ven más que a una persona corriente. Lo conocen como el Hijo de José. ¿Cómo es posible que este Hombre sencillo, a quien vieron crecer, pueda decir tales palabras?

Por desgracia, están ciegos ante el hecho de que Él es Dios en la plenitud de su persona. Sólo la fe ve aquí al Hombre dependiente, lleno del Espíritu Santo, que actúa y habla con el poder del Espíritu y abunda en gracia para las personas. Para poseer esa fe, es necesario primero verse a uno mismo como pobre de espíritu, necesitado del evangelio, y luego acudir a Él como alguien ciego, cautivo y oprimido.

Así no se ven a sí mismos los habitantes de Nazaret, y por eso se pregunta por estas palabras de gracia. No es el asombro del creyente, sino el asombro que proviene de la incredulidad, en el sentido de que no puede ser posible que una persona así pronuncie tales palabras. Tropiezan con Él porque para ellos no es más que un carpintero, el hijo de José. Las palabras de gracia son un desperdicio para ellos. Israel no está preparado para la gracia. Son el pueblo elegido de Dios, ¿no es así? Pero Lucas pone todo y a todos sobre la base de la gracia. Sólo a través de la gracia es posible la bendición, tanto para el pueblo de Dios como para los gentiles.

El Señor sabe que están impresionados por las palabras de gracia que ha pronunciado, pero que sus corazones y conciencias no están convencidos. La causa es que buscan maravillas. Han oído hablar de las cosas que hizo en Cafarnaúm y quieren que Él haga lo mismo con ellos. Quieren ver señales y prodigios. Él conoce sus corazones y sabe lo que le dirán. Sabe que lo desafiarán para que se defienda (cf. Luc 23:39; Mat 27:40). Quieren que demuestre su valía haciendo prodigios y señales.

Sin embargo, los prodigios y las señales nunca son un fin en sí mismos, sino que siempre son secundarios. Apoyan y confirman la predicación como palabra que verdaderamente viene de Dios. Él viene a traer la palabra de Dios, y ellos no la aceptan de aquel a quien creen conocer tan bien. El Señor comparte así el destino común de todos los profetas. En los lugares donde deberían ser más conocidos, son los menos valorados. En el rechazo de todos los profetas anteriores, Él ya es rechazado. Ahora Él mismo viene a su pueblo y a su creación, pero no es conocido ni aceptado. Él vino a predicar el año favorable del Señor, pero Él no es bien recibido en su propia tierra. Si Él no es bien recibo, no puede haber año favorable del Señor.

25 - 30 Gracia para los gentiles

25 Pero en verdad os digo: muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses [y] cuando hubo gran hambre sobre toda la tierra; 26 y sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta, [en la tierra] de Sidón. 27 Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio. 28 Y todos en la sinagoga se llenaron de ira cuando oyeron estas cosas, 29 y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad para despeñarle. 30 Pero Él, pasando por en medio de ellos, se fue.

El Señor ilustra la gracia de Dios con dos ejemplos tomados de sus propias Escrituras. En ambos casos, se trata de pecadores gentiles que reciben la gracia. A través de estos ejemplos, se manifiesta la verdadera condición de sus corazones. El primer ejemplo de gracia proviene de los días de Elías, durante los tres años y medio de sequía que Él menciona con las palabras «el cielo fue cerrado por tres años y seis meses», lo que significa que no hubo lluvia (1Rey 17:1,7). Dios retuvo la bendición de su pueblo a causa de la oración de Elías (Sant 5:17). Elías oró así porque el pueblo se había apartado tanto del Señor y él anhelaba que regresaran a Él. A veces, esto requiere medidas drásticas.

No en vano el Señor Jesús recuerda aquel tiempo. También ahora, el pueblo se ha alejado mucho de Dios. ¿Verían el paralelismo y estarían abiertos a la gracia? Cuando hubo un período de gran sequía, Elías no fue enviado a nadie del pueblo de Israel. Pero fuera de la tierra había una mujer, una viuda, que estaba abierta a Dios. Elías fue enviado a ella (1Rey 17:9). Ahora Dios envía a su Hijo a todo el pueblo. ¿Lo aceptarán?

El Señor presenta otro ejemplo de gracia, de la época del profeta Eliseo. Entonces había muchos leprosos en Israel, pero nadie acudía a Dios para ser purificado. Por el testimonio de una muchacha, un leproso pagano invocó la gracia de Dios en el profeta Eliseo (2Rey 5:1-14) y quedó limpio. Ahora Dios envía a su Hijo a todo el pueblo para limpiarlo de la lepra de sus pecados. ¿Lo aceptarán?

La reacción de todos los que se habían estado maravillando de las palabras de gracia es chocante. Cuando Él da sus ejemplos de gracia mostrada a los gentiles, todos se llenan de ira. La gracia para los gentiles les parece una imposibilidad, un pensamiento totalmente reprobable. Esto nunca puede ser. Queda claro que no quieren depender de la gracia. Siempre vemos esta reacción en una persona religiosa no nacida de nuevo: no aceptar la gracia para sí misma y envidiarla a los demás.

Las palabras explicativas de la gracia son buenas, pero en cuanto perciben que la gracia no exige otra condición que el reconocimiento de la indignidad de quien la recibe, se enfurecen. Piensan que Él dice cosas buenas, pero no debe insinuar que ellos están necesitados de la gracia. ¡Como si no fueran mejores que los despreciados gentiles! En esta primera ocasión en que se ofrece la gracia, es definitivamente rechazada. Y no solo rechazada. Quieren asesinar a aquel que es el Portador de la gracia. Lo expulsan de la ciudad y lo llevan a la cumbre del monte para arrojarlo por las rocas.

El Señor se deja sacar de la ciudad y llevar hasta la cumbre del monte. Entonces revela de una manera perfectamente mansa su divino poder y majestad. Su obra de servicio debe continuar. Sin ningún despliegue visible de poder, se da la vuelta. Todos lo dejan ir y se apartan. En completa paz pasa entre ellos y se marcha. ¡Qué gloria en Él! ¡Qué drama para Nazaret! En ninguna parte de los Evangelios leemos que el Señor haya vuelto a estar allí. Parece que abandonó aquella ciudad para siempre.

31 - 37 Curación de un endemoniado

31 Y descendió a Capernaúm, ciudad de Galilea. Y les enseñaba en los días de reposo; 32 y se admiraban de su enseñanza porque su mensaje era con autoridad. 33 Y estaba en la sinagoga un hombre poseído por el espíritu de un demonio inmundo, y gritó a gran voz: 34 Déja[nos] ¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Yo sé quién eres: el Santo de Dios. 35 Jesús entonces lo reprendió, diciendo: ¡Cállate y sal de él! Y después que el demonio lo derribó en medio [de ellos,] salió de él sin hacerle ningún daño. 36 Y todos se quedaron asombrados, y discutían entre sí, diciendo: ¿Qué mensaje es este? Porque con autoridad y poder manda a los espíritus inmundos y salen. 37 Y su fama se divulgaba por todos los lugares de la región circunvecina.

El Señor desciende aún más. Primero bajó de Jerusalén a Nazaret (Luc 2:51). Ahora baja de Nazaret a Capernaúm. El que ha venido de lo más alto visita lo más bajo. Con su presencia, Capernaúm es exaltada hasta el cielo, pero sus habitantes no se benefician espiritualmente (Mat 11:23).

Enseña a los habitantes de esa ciudad en sábado. También allí hay asombro por sus enseñanzas porque habla con autoridad. Él siempre sale a proclamar la Palabra. La Palabra, no una maravilla, es la que forma la conexión entre el corazón y Dios. Esa es el arma con la que vence al enemigo. Una maravilla no puede establecer esta conexión, porque la Palabra está dirigida a la fe, mientras que una maravilla se realiza como señal para la incredulidad.

Dios hace nacer la fe por medio de la Palabra, así como da el alimento por medio de la Palabra. Esto demuestra el valor inconmensurable de la palabra de Dios. Y cuando esa Palabra es pronunciada por Cristo, se pronuncia con autoridad. Todos los que la oyen quedan asombrados. Así sucede siempre cuando predicamos la Palabra con autoridad. No es palabra de hombres, sino la Palabra viva y poderosa de Dios, que realiza su obra en los que creen (1Tes 2:13). La gente puede rechazarla, incluso negar su poder, pero eso no resta valor al poder de la Palabra.

No debe sorprendernos que la gente se pregunte por el Señor y su enseñanza. En la sinagoga, la palabra de Dios era presentada de una manera muy diferente. Era expuesta por líderes que negaban su poder y solo la presentaban en busca de su propio honor y para influir en la gente. Esto convierte la sinagoga en un lugar muerto, donde personas con un espíritu inmundo pueden estar presentes sin ser molestadas.

En cuanto el Señor Jesús llega allí, el demonio no puede permanecer oculto y se manifiesta. El demonio dice quién es Él, algo que la gente no ve. Sin embargo, el Señor no acepta el testimonio de los demonios. Hace callar al demonio y, con su palabra de poder, el demonio abandona a su víctima. Aunque el demonio según su naturaleza hace un último intento de dañar a su víctima, se va sin hacerle daño.

Todos los presentes se llenan de asombro. Antes se asombraban de la gracia de sus palabras (versículo 22), ahora se asombran de su autoridad y poder. No hablan tanto del exorcismo, sino de su palabra. Lo que han visto es el efecto de su palabra. Ven a alguien que habla de tal manera que una persona es liberada del poder del diablo.

Las palabras y las obras del Señor se difunden por todo el entorno como un reguero de pólvora. Son palabras y obras que nunca antes habían visto. El Hijo de Dios deja claro que vino a destruir las obras del diablo (1Jn 3:8).

38 - 39 Curación de la suegra de Pedro

38 Y levantándose, [salió] de la sinagoga y entró en casa de Simón. Y la suegra de Simón se hallaba sufriendo con una fiebre muy alta, y le rogaron por ella. 39 E inclinándose sobre ella, reprendió la fiebre, [y la fiebre] la dejó; y al instante ella se levantó y les servía.

Después de enseñar y sanar en la sinagoga, el Señor salió de la sinagoga. Su siguiente lugar de actividad es la casa de su discípulo Simón Pedro. Simón tiene a su suegra en casa. Para su esposa debía de ser agradable que su madre estuviera con ella. Como pescador, Pedro se ausentaba a menudo y pronto dejará a su esposa durante mucho tiempo porque seguirá al Señor Jesús. Ahora su suegra está gravemente enferma, tiene mucha fiebre. Pero el Señor está presente, y los que están en la casa le rogaron por ella. Le presentan su necesidad. Este es un buen ejemplo para que acudamos siempre al Señor con nuestras preocupaciones por los demás, incluidas las enfermedades de nuestros familiares.

El Señor responde directamente a su petición. Se acerca a ella y reprende la fiebre. La fiebre obedece como si fuera una persona y abandona a la enferma. También aquí vence por el poder de su palabra. Ella queda inmediatamente curada y puede volver a servirles.

La fiebre es una enfermedad que hace que una persona esté muy activa y, además, le exige mucha energía, sin que esa actividad y ese esfuerzo den ningún resultado. Roba fuerzas y no produce nada. La fiebre causa confusión; el febril es incapaz de pensar con claridad. Cuando la fiebre desaparece, hay paz, fuerza y perspicacia para hacer lo correcto. La curación siempre tiene como objetivo servir al Señor y a los suyos. Eso es lo que hace la suegra de Simón Pedro.

40 - 41 Otras curaciones

40 Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos de diversas enfermedades se los llevaban a Él; y poniendo Él las manos sobre cada uno de ellos, los sanaba. 41 También de muchos salían demonios, gritando y diciendo: ¡Tú eres el Hijo de Dios! Pero, reprendiéndolos, no les permitía hablar, porque sabían que Él era el Cristo.

El poder de Dios y la plenitud de la gracia se manifiestan maravillosamente en medio de tanta miseria. Todo tipo de enfermedades y sufrimientos son llevados al Señor, y todos los que padecen encuentran liberación. Así, la gracia se hace visible en innumerables ejemplos, pues su esencia es que fluye, sin importar si alguien la merece o no. El Señor no sólo libera físicamente de las enfermedades, también libra a muchos de los demonios. Todo el poder del enemigo y todas las tristes consecuencias del pecado, tanto para el cuerpo como para la mente, desaparecen ante Él. Él pone sus manos sobre los enfermos, pero nunca hace eso con los endemoniados; a estos los libera por el poder de su palabra.

Los demonios dan testimonio de que Él es el Hijo de Dios, pero Él no quiere en absoluto el testimonio de los demonios. Por lo tanto, los reprende y les prohíbe hablar de Él como el Cristo. Los demonios pueden ser forzados a reconocer la verdad acerca de Cristo, pero nunca negarán su carácter de engañadores hacia los humanos. Sólo dicen la verdad si Dios los obliga a hacerlo. Sin embargo, su carácter sigue siendo el del padre de la mentira, en quien no hay verdad (Jn 8:44).

42 - 44 Predicación en otras ciudades

42 Cuando se hizo de día, salió y se fue a un lugar solitario; y las multitudes le buscaban, y llegaron adonde Él [estaba] y procuraron detenerle para que no se separara de ellos. 43 Pero Él les dijo: También a las otras ciudades debo anunciar las buenas nuevas del reino de Dios, porque para esto yo he sido enviado. 44 Y predicaba en las sinagogas de Judea.

Después de un día ajetreado que se prolongó hasta bien entrada la noche, el Señor sale al amanecer. Busca la soledad. Necesita estar a solas con su Dios. Ese tiempo no le es concedido. Las multitudes, tan impresionadas por sus maravillas y palabras de gracia, lo buscan. Quieren detenerlo, porque desean que se quede con ellos. Es un buen deseo. Sin embargo, los motivos no son correctos, porque solo buscan el beneficio que Él les aporta. El Señor no se deja engañar para quedarse con ellos. No busca honor para sí mismo, sino que quiere cumplir su obra.

Hay muchas otras ciudades en las que aún no ha estado. También para ellas tiene la alegre buena nueva del «reino de Dios». Él debe ir allí, porque Dios lo ha enviado para eso. El plan de Dios es establecer un reino en el que reinará el Hijo del hombre. Ese reino se llama «reino de Dios» porque pertenece a Dios. El Rey que lo gobernará es Cristo, que está aquí en la tierra en humillación, sometido a Dios, para formar súbditos para ese reino. Lo hace, antes de que el reino se establezca en la gloria, como si Él mismo fuera un súbdito en él, cosa que no es.

Cuando ha explicado su decisión de que hay otras ciudades a las que debe ir, continúa predicando. Quiere llevar la palabra de Dios a la gente. Lo hace en los lugares apropiados: las sinagogas.

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